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EDAD MEDIA

Según las crónicas, Úbeda fue fundada por el emir 'Abd al-Rahman II (822-852) y terminada en tiempos de su hijo y sucesor Muhammad I. Se llamó Ubbadat al-Arab para distinguirla de la Ubbadat Farwa situada en la cora de Ilbira. Su fundación, a pocos kilómetros de Baeza, sugiere que las razones para la elección del sitio serían de tipo político. Sabemos que Saro, obispo de Baeza, se alineó en contra de Ostégesis, uno de los obispos que más colaboraba con el gobierno omeya, por lo que quizá Abd Al-Rahman II pretendía controlar a los mozárabes de Baeza desde la nueva ciudad.
Por otras noticias, algunos autores creen que miembros de las tribus árabes de los banu 'Abs y de los Ya'maries estaban viviendo en la zona incluso antes de la fundación, por lo que es posible que con anterioridad existiese una qarya (aldea) que se fortifica y se "eleva" de rango. No obstante resulta llamativo que durante la crisis del Emirato omeya a finales del siglo IX, cuando en las proximidades se produce la rebelión y las actuaciones de pillaje de varios rebeldes muladíes, como Ibn al-Saliya, que dominará buena parte de la orilla derecha del Guadalimar incluyendo Cástulo, o los banu Habil, asentados en el valle del río Bedmar, no haya ni una sola mención a Úbeda. Más sorprendente aún resulta el hecho de que los ejércitos emirales que operan en la región acudieran en diversas ocasiones a descansar y abastecerse a Baeza, pero que nunca se mencione Úbeda, ya que otras menciones a Úbeda que se encuentran en los autores musulmanes, y que en ocasiones se ha procurado relacionar con la Úbeda jiennense, deben relacionarse con la localidad situada en la vecina Cora de Ilbira del mismo nombre. ¿Quedó la localidad de Jaén sin poblar, o sus murallas aún no estaban terminadas? Parece muy posible.
Prácticamente no disponemos de noticias acerca de Úbeda en los siglos siguientes, aunque cabe suponer que su destino sería semejante al del resto de la región: tranquilidad durante el Califato (siglo X), y continuas convulsiones y cambios de mano tras la desaparición de éste (siglo XI), época en la que Úbeda, al igual que Baeza, formaría parte sucesivamente de los reinos de Murcia, Granada, Toledo y Sevilla. De este último momento volvemos a tener noticias concretas sobre Úbeda. Según la obra anónima conocida como el Quirtas, a finales del siglo XI Úbeda, junto a Jaén y Écija, estaba en manos de un tal 'Abd Allah b. Abi Bakr, pero ello entra en contradicción con las demás noticias que tenemos de los acontecimientos de la zona, según las cuales estas ciudades estaban en manos del rey taifa de Sevilla al-Mutamid b. Abbad. Algunos autores se inclinan por pensar que se trataría de un gobernador nombrado por el sevillano, que actuaría de forma casi autónoma. En 1091, como el resto de las ciudades del Alto Guadalquivir, Úbeda pasaría a manos de los almorávides, capitulando ante el general Bati b. Isma'il.
A partir del siglo XII la presión de los reyes castellanos sobre el Alto Guadalquivir aumenta progresivamente, y Úbeda sólo es mencionada en las fuentes escritas como escenario de episodios bélicos, por ejemplo cuando la región fue objeto de los ataques de Alfonso VII, primero en 1137, y nuevamente en 1147, momento en el que se apoderó de Úbeda, Baeza y Almería. Durante diez años la ciudad permaneció en manos de los castellanos, hasta que la contraofensiva almohade les obligó a retirarse en 1157.
No obstante, antes de que los almohades pudieran consolidar su dominio en el Alto Guadalquivir, la ocasión fue aprovechada por Ibn Mardanis y su aliado Ibn Hamusk, que controlaban ya toda la región levantina, para apoderarse de las tierras de Jaén y formar un pequeño reino que quedó bajo la autoridad del segundo. La lucha frente a los almohades continuó hasta 1169, año en el que, rotas las relaciones entre los dos socios, el primero se pasó a los almohades a cambio de lo cual pudo mantener el gobierno de su territorio, e incluso recibió ayuda para luchar contra Ibn Mardanis, convertido en su feroz enemigo.
Las siguientes referencias a Úbeda se enmarcan ya en la gran ofensiva desatada por Alfonso VIII, realizando tanto él como la orden de Calatrava frecuentes incursiones por el Alto Guadalquivir, hasta que fueron frenados por la victoria del califa almohade Abu Yusuf Ya'cub en Alarcos en 1195. No obstante, los ataques castellanos en esta región se reiniciaron en 1210 hasta culminar en la batalla de las Navas de Tolosa, donde los musulmanes fueron totalmente derrotados. En los días siguientes los castellanos recorrieron el Alto Guadalquivir tomando algunas fortalezas y saqueando diversas poblaciones, entre ellas Úbeda, que fue devastada, llevándose los vencedores un gran botín, aunque luego la abandonaron. De esta forma los almohades pudieron recuperarla.
En 1224, a la muerte del califa Abu Ya'Qub Yusuf al-Mustansir, se inicia la lucha por su sucesión, que provocará múltiples enfrentamientos entre los principales miembros de la familia califal, varios de los cuales gobernaban territorios en la Península. Entre ellos estaba 'Abd Allah al-Bayyasi, que gobernaba las tierras de Jaén y que terminó declarándose casi independiente en la región de Baeza. Al-Bayyasi firmó un pacto con Fernando III por el cual le entregó diversas localidades a cambio de su ayuda, con lo que durante un tiempo acrecentó sus dominios, pero en 1226 sus continuas cesiones ante el castellano provocaron que fuera asesinado por sus propios partidarios. Los musulmanes abandonaron Baeza al no poder desalojar del alcázar a las tropas de Fernando III a las que Al-Bayyasi había permitido que se instalasen allí, y la ciudad pasó a manos castellanas.
Úbeda se convertirá así en el último bastión musulmán al norte del Guadalquivir en la provincia de Jaén. En 1233 sería atacada por Fernando III, resistiendo sus habitantes durante seis meses, al cabo de los cuales capitularon, permitiéndoles el rey castellano abandonarla llevándose todo lo que pudieran transportar.
Las pocas referencias que se conservan sobre la Úbeda musulmana la describen como una ciudad (madina) populosa y próspera, pero por lo que se refiere a las construcciones de época musulmana, la sistemática destrucción, la ausencia de excavaciones en extensión y la falta de documentación de los restos aparecidos, hace que todo lo que conocemos sobre la ciudad siga en un lamentable nivel de hipótesis.
El elemento mejor conocido es la muralla, levantada un poco después de su fundación por el emir Al-Mundir. Esta fundación se limitaría inicialmente a la zona del actual Cerro del Alcázar, cuya gran extensión impide considerarlo como un simple alcázar. En una segunda época se amurallarían los arrabales que habían surgido al exterior, y que es lo que hoy forma el recinto amurallado. Por último, a finales de la Edad Media, se amurallarían los arrabales surgidos después de la conquista castellana, aunque esa muralla tendría más el carácter de una cerca fiscal que de una estructura defensiva, que en esos momentos ya no sería necesaria.
Por lo que se refiere al momento de construcción del segundo recinto, a modo de hipótesis y hasta tanto no haya datos arqueológicos, debe tenerse en cuenta que el amurallamiento de grandes superficies se produce en Al-Andalus de forma sistemática a lo largo del siglo XI. La desaparición del califato de Córdoba y la atomización de Al-Andalus en más de 30 reinos, violentamente enfrentados entre ellos, hizo que cada reyezuelo tratase de fortificar las poblaciones que dominaba, tanto para resistir ataques exteriores, como para concentrar dentro de esos recintos a las poblaciones campesinas, con el doble propósito de protegerlas, pero también de controlar sus producciones y someterlas a una dura fiscalidad, base de la riqueza y de la capacidad de resistencia de muchos de estos reinos.
La ampliación de estas murallas se hacía prolongando el recinto primitivo por dos extremos, de manera que siempre quedaba entre el nuevo sector amurallado y el antiguo un lienzo de muralla. El mismo podía ser eliminado pero también podía conservarse, como ocurrió en Úbeda. De esta forma las murallas que separaban el Cerro del Alcázar de la ciudad no serían sino la pervivencia de las murallas de la primera ciudad islámica, que no habrían sido derribadas porque no estorbaban al urbanismo islámico, y porque la compartimentación interna facilitaba la defensa.
Dentro del Cerro del Alcázar se levantaría la alcazaba -centro del poder o el gobierno local-, quizá en el espacio hoy conocido como Eras del Alcázar, extensa zona hoy casi totalmente despoblada en cuyo subsuelo, según algún autor, aparecieron grandes túneles o salas abovedadas, por lo que no debe desecharse la existencia de edificaciones enterradas en la zona. El despoblamiento podría además reforzar la idea de la existencia de un recinto de gobierno, destruido cuando Fernando el Católico tomó medidas contra los que se oponían a su regencia, o abandonado cuando el centro del poder oligárquico se trasladó a la zona de la plaza de Santa María a lo largo del siglo XVI.
El resto del Cerro del Alcázar y el segundo recinto constituirían la madina propiamente dicha. Esta se caracteriza en primer lugar por su estructura urbana, a base de grandes manzanas irregulares, penetradas por adarves, calles sin salida por las que sólo transitan los habitantes de las mismas. Es la expresión urbana de la privacidad y la intimidad características de la sociedad islámica. En Úbeda aún quedan restos de esa antigua estructura en forma de callejones muy estrechos, edificaciones con fachadas de tres metros de longitud o menos, etc.
Además del propio tejido urbano, las ciudades de Al-Andalus se definen por la existencia de una serie de elementos que las diferenciaban inicialmente de las localidades puramente rurales, fundamentalmente mezquitas y baños, y edificaciones o espacios relacionados con el comercio, como las alhóndigas, alcaicerías, etc. El tamaño y variedad de estas edificaciones estuvieron directamente relacionados con el tamaño y riqueza de la ciudad. En Úbeda sólo hay noticias concretas de una mezquita, la que existió en el solar que hoy ocupa la iglesia de Santa María, de la que habrían aparecido las bases de unos pilares durante la restauración de 1983. Sería la mezquita aljama, ubicada en el extremo de la ciudad antes de su ampliación, o entre las zonas nueva y vieja, lo que sugiere que la mezquita debió edificarse en el siglo XI, cuando se produce la ampliación de la población. Otra cuestión diferente es si con anterioridad había mezquita o no.
No se conoce ningún baño árabe en Úbeda, pero no cabe duda de que existieron, ya que a ellos se refiere un documento de Fernando III de 1251, que señala explícitamente que los hornos, baños y tiendas -y las rentas que estos pagan- eran de la corona.
El segundo elemento definitorio eran las infraestructuras urbanas, de abastecimiento de aguas y de evacuación de las mismas. Cuanto mayor fue el desarrollo de la ciudad, más sofisticadas fueron éstas, hasta el punto de que parece posible establecer una gradación notablemente ajustada de lo rural a lo urbano en base a estas estructuras. La existencia de baños y mezquitas implica también un abastecimiento regular de agua, lo que a su vez exige una red de distribución, que empieza a ser conocida; no obstante, no resulta posible por ahora establecer qué parte de la misma existía en época islámica y qué parte fue construida después.
Tras la conquista cristiana, en 1236, se delimitan los términos entre Úbeda y Baeza, y más tarde Úbeda recibe el fuero de Cuenca. Al contrario que en otras localidades no hay lista de pobladores para Úbeda, sólo un documento que informa del repartimiento hecho por Fernando III a 31 pobladores de la collación de Santa María del Alcázar. En apariencia se trata de las personas que poblaron inicialmente el alcázar, y que luego recibieron más propiedades, ya que en la lista sólo diez reciben terrenos o casas en el alcázar y uno más en Úbeda, sin especificar si en el alcázar o en otra parte del recinto, mientras que las propiedades del resto se situaban en distintos puntos del término, como en la torre de Garci Fernández.
En los años siguientes los caballeros de Úbeda participarían en la conquista de otros lugares de la región, hasta que el pacto entre Fernando III y Muhammad I establezca la frontera entre Castilla y el reino de Granada, iniciándose entonces una nueva etapa. Las características del periodo que entonces se abre serán comunes a la mayor parte de las ciudades del valle del Guadalquivir.
La revuelta mudéjar de 1264 debió afectar a Úbeda, aunque la existencia de mudéjares en ella sólo aparece reflejada en el fuero. Las minorías de edad de Fernando IV y Alfonso XI y la guerra contra los nazaríes emprendida por este último fortalecieron considerablemente el poder y la riqueza de los linajes militares, lo que supuso la pérdida de libertad de los sectores artesanales y del común. Ello provocaría numerosos conflictos. En 1331 la población, dirigida por Juan Martínez Avariro, llega a expulsar a los hidalgos de la ciudad, pero este personaje parece haber sido designado por Alfonso XI como proveedor, es decir, encargado de clarificar las cuentas del concejo. En 1335 se produce la revuelta de Juan Núñez de Arquero, que se hace con el poder, expulsa hidalgos y caballeros y distribuye los oficios del concejo entre los artesanos. El dirigente moriría en la horca.
El asalto a la judería sería una constante en la historia de Úbeda, unas veces impulsado por la nobleza para librarse de sus deudas con los judíos, pero en la mayor parte de las ocasiones por la intolerancia eclesiástica. Se señalan ataques durante la guerra entre Pedro I, que protegía a los judíos, y Enrique II. Se producen nuevamente en 1391, cuando la iglesia culpó a los judíos de la crisis agrícola, la peste y el hambre. Nuevamente se producen ataques en 1473, como prólogo a la expulsión oficial de los judíos andaluces de 1483-85, completada con la general de 1492.
Durante la guerra entre Pedro I y Enrique II los nazaríes consiguieron penetrar en Úbeda e incendiar la ciudad; se señala especialmente el incendio de la iglesia de San Pablo. Comienzan a estructurarse los linajes de Aranda y Trapera, y se inician las luchas urbanas entre ellos, que se prolongarán durante los reinados de Juan I y Enrique III. Para poner fin a los mismos Ruy López Dávalos, futuro condestable de Castilla (1406), será nombrado corregidor de la ciudad. Entre sus medidas está la de haber suscitado el surgimiento de un tercer bando, el de los Molina, aunque finalmente, fracasados sus esfuerzos, recurrió a la fuerza e hizo ahorcar al jefe de los Trapera. En 1439 los artesanos, dirigidos por Juan Lobatón, trataron una vez más de limitar los privilegios de los hidalgos y pidieron una mayor participación en el gobierno municipal.
Durante el reinado de Juan II los enfrentamientos entre el rey y la nobleza se recrudecieron de forma considerable, articulándose la nobleza según su apoyo o su oposición al favorito don Álvaro de Luna. En Úbeda estos se traducirán en nuevas luchas de bandos, ahora encabezados por los linajes de los Cueva (sucesores de los Trapera) y los Molina (sucesores de los Aranda). Estos enfrentamientos concluyen con la Sentencia Arbitraria de 1447 promulgada por el príncipe don Enrique, que favorecerá a los Cueva.
Ya en el reinado de Enrique IV, el marqués de Villena resucita la liga nobiliaria, que se articula en torno al príncipe don Alfonso como heredero. En Úbeda, como en la mayor parte de las ciudades, los linajes prosiguen sus luchas tomando como pretexto el apoyo al rey (los Cueva) o a don Alfonso y luego a doña Isabel (los Molina).
Isabel I tratará de poner fin a los enfrentamientos entre linajes con medidas drásticas y un mayor intervencionismo en los municipios a través de los corregidores. Además, la conquista del reino nazarí distraerá algo a los contendientes. El último episodio se produce cuando, tras la muerte de Felipe I, esposo de doña Juana, y ante la incapacidad de ésta, se disputen la regencia en nombre del futuro Carlos I sus abuelos don Fernando de Aragón y el emperador Maximiliano de Austria. En Úbeda este conflicto se tradujo en nuevas luchas entre el linaje de los Cueva, que apoyaban a don Fernando, y el de los Molina, partidarios del emperador. Tras su victoria en 1506, don Fernando ordenó al corregidor Hernán Gil de Mogollón la destrucción de las defensas del alcázar de Úbeda. El 15 de noviembre de 1507 la reina hace donación a la ciudad de los materiales y solares resultantes de la demolición, para que el concejo los vendiese y sus importes fueran ingresados en los propios y rentas del común.
Teniendo en cuenta los restos que aún existen, la demolición afectaría casi exclusivamente a los elementos defensivos de las puertas, o a sectores del lienzo próximos a ellas que formaban la cortina que separaba el Cerro del Alcázar del resto de la ciudad, ya que simplemente unas cuantas brechas relativamente amplias en un muro bastaban para neutralizar su efectividad militar, y después la autorización a la ciudad (y la de ésta a la población) para que tomase los materiales que necesitase, bastaban para completar el trabajo.
Las otras estructuras destruidas de las que habla la documentación es posible que estén haciendo referencia a un auténtico alcázar, en sentido islámico, situado dentro del recinto. El mismo habría estado compuesto por un conjunto de edificios, rodeados por una muralla, y, como ya se ha indicado, éste habría podido ubicarse en la zona denominada Eras del Alcázar.
Desde poco después de la conquista, los castellanos habían reorganizado la ciudad en once parroquias o collaciones: Dentro del recinto murado: Santa María de los Reales Alcázares; San Pablo, en la plaza del Mercado; Santo Tomás, en las inmediaciones del hospital del Salvador; San Pedro, junto al monasterio de Santa Clara; y Santo Domingo y San Llorente, luego San Lorenzo, ambos al oeste. Y extramuros, en los arrabales: San Nicolás, junto al actual mercado de abastos; San Millán, el barrio de los alfareros, próximo a la puerta del Losal; San Juan Bautista y San Juan Apóstol, ambos en el límite sur; y San Isidro o San Isidoro, cerca de la plaza de Toledo.
Después de la conquista castellana el recinto del Cerro del Alcázar ni estaría deshabitado, ni quedaría reservado en exclusiva a unos pocos caballeros; de hecho, por los datos que se conocen, era una de las collaciones más pobladas de la ciudad. Entre los siglos XIII y XV serían realmente muy pocas las transformaciones que se producirían en la ciudad, que mantendrá durante muchos siglos su estructura islámica, de la que aún hoy quedan numerosos restos.

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